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Ricardo Nill

“INTERIORIDAD Y EXTERIORIDAD EN EL ARTE”

A propósito de la muestra “Cinco semanas con el arte” en la Facultad de Humanidades de la UNNE.


Me interesa hacer una reflexión asincrónica y en voz alta, sobre lo que es el artista y su obra. Pero esta meditación será hecha desde una conciencia colectiva, utilizando ideas y pensamientos de otros que nos han precedido, en la búsqueda de una “cosmovisión” integradora. Para ello, tocaré algunos mitos que, a esta altura, parecen verdades inamovibles y trataré de contextualizarlos desde el aquí y el ahora.

 

Uno de esos mitos, ha nacido de una frase célebre: “Pinta tu aldea y serás universal” a la cual se le dieron interpretaciones de los más disímiles, por lo general demagógicas, siempre absolutas, que van desde la aldea rusa de Tolstoi, pasando por el realismo socialista hasta llegar a nuestro Chaco, con su paisaje de ranchos, lagunas y montes, poblados por indios, cosecheros y hacheros. . ¿Sólo esto es arte?  ¿O la aldea no era tal como fue interpretada?

 

Wassily Kandinsky, inventor de la abstracción, se ocupaba del tema artista, obra y espectador de la siguiente manera:

 

“La obra de arte consta de dos elementos: el interno y el externo. El elemento interno, tomado individualmente, es la emoción que siente el alma del artista. Esa emoción tiene la capacidad de provocar una emoción paralela en el alma del espectador. Generalmente, mientras que el alma permanezca unida al cuerpo, sólo se podrán captar las vibraciones por intermedio de la sensación. Por tanto, la sensación es un puente de lo inmaterial a lo material (artista), y de lo material a lo inmaterial (espectador.) Emoción-Sensación-Obra-Sensación-Emoción”.

 

Al mismo tiempo, nos explicaba sobre la manera en que él veía el Mundo:

 

“Cada fenómeno puede ser percibido de dos maneras. Estas dos maneras no son azarosas, sino inherentes al fenómeno y condicionadas por la naturaleza del mismo o por dos de sus rasgos: exterioridad e interioridad. Una calle puede percibirse a través del cristal de una ventana; de modo tal que sus estridencias llegan a nosotros mitigadas, sus movimientos parecen espectrales y toda ella semeja un ser vivo del –más allá-, a pesar de la transparencia del vidrio frío y resistente. Pero también se puede abrir la puerta (¿o ventana?): abandonar la soledad, hundirse en el “ser –del- exterior”, formar parte de él y sentir sus latidos plenamente.”

 

Picasso, creador del cubismo,  tuvo la suerte de tener a su alrededor un montón de gente que escuchaba, anotaba y grababa la mayoría de las cosas que decía. Nosotros, a su vez, tuvimos la suerte que sus biógrafos  nos contaran los dichos y pensamientos de Picasso. Respecto al hecho de entender el arte, decía:

 

“Todos quieren comprender el arte. Pero ¿por qué la gente no trata de entender el canto de los pájaros? ¿Por qué se ama a la noche, a las flores y a todo cuanto nos rodea sin tratar de entenderlo? En cambio, cuando estamos ante un cuadro, creemos que es necesario comprenderlo. Lo que habría que comprender de una vez, es que un artista crea porque debe crear, que es un insignificante fragmento del mundo y que no hay que concederle más atención que a todo lo que en el mundo nos seduce, aunque no lleguemos a explicárnoslo”.

 

Y así como Kandinsky escribía del elemento interno y el externo, Picasso reflexionaba también sobre qué significa ser un artista contemporáneo y cuál debería ser su rol:

 

“¿Qué creéis que es un artista? ¿Un imbécil que no tiene más que ojos si es pintor,  que oídos si es músico, que una lira en cada compartimiento del corazón si es poeta? No, el artista es también un ser político, alguien que siempre está alerta ante los acontecimientos que se desarrollan en el mundo, sean desgarradores, ardientes o dulces, y que, a partir de ellos se configura por completo a sí mismo. ¿Cómo es posible desinteresarse de los demás? ¿En función de qué olímpica indiferencia podría ser posible apartarse de una vida que los demás nos aportan con tal abundancia?”.

 

Sobre las ideas y emociones contenidas en la obra de arte, también tenía algo que expresar:

 

“Un artista siempre trabaja sobre las cosas y sobre las emociones; sobre las ideas. Las ideas son las cosas más las emociones. Las ideas quedan apresadas en la obra de arte; por mucho que el artista trate de liberarse de ellas, es imposible que huyan. Permanecen en el interior y forman parte integrante de la obra de arte, aunque su presencia no sea perceptible de forma objetiva”

 

“El arte no se desarrolla por sí mismo. Las ideas de la gente son las que cambian; de ahí que, para expresar esas ideas, el arte cambie. Cuando un artista cambia su manera de expresarse, el fenómeno se debe a que ha mudado su forma de pensar y ver lo real. Si la mutación está de acuerdo con las transformaciones de las ideas de su tiempo, su obra habrá cambiado para mejorar; en caso contrario, habrá cambiado para empeorar.”

 

Pero contemporáneamente con esto, ¿qué pasaba con los artistas y sus obras? En 1919, en Düsseldorf, Alemania, un diario local decía:

 

“En Renania llamó la atención con sus cuadros rudimentarios un Perogrullo llamado Max Ernst. El artista ha llegado a tal infantilismo en su involución intelectual, que ensambla con toda seriedad carretes de hilo, alambres, restos de algodón, miembros de muñecas, mecanismos de reloj, y todo lo que se encuentra en cualquier desván, para configurar obras plásticas ante las cuales incluso el más benevolente espectador no es capaz de identificar nada.”

 

Paralelamente, en otra exposición, los artistas expositores fueron citados por la Policía de Colonia, donde se les dijo:

 

“¡Ustedes no son sino unos charlatanes, unos estafadores, unos sinvergüenzas! Se les acusa de engaño por exigir entradas para un evento que, anunciado como una exposición artística, nada tiene que ver con el arte”.

 

Los charlatanes, estafadores y sinvergüenzas, no eran otros que Max Ernst y  Alfred Grundewald. Para esa época, Max Ernst, considerado ahora uno de los más destacados pintores surrealistas, estaba realizando obras donde utilizaba piezas de madera halladas al azar, piezas que pintó y a las que añadió un marco. En el caso de “Fruto de una larga experiencia”, el título se relaciona con  un argumento esgrimido con predilección por los críticos de la época para dejar establecida claramente la calidad artística de una obra, en suma, tenía una dosis de ironía y humor típicamente germanos.

 

Más conocido por el común de la gente, más asimilado por la difusión y la propaganda, tenemos a otro grande, Salvador Dalí, que agrega su granito de arena a nuestro tema de hoy:

 

“El hecho de que yo mismo, en el momento de pintar, no comprenda la significación de mis cuadros no quiere decir que éstos no tengan ninguna  significación; por el contrario, su significación es tan profunda, tan compleja, coherente e involuntaria que escapa al análisis de la intuición lógica.”

 

Y como una de las maneras de crear del surrealismo era a partir de lo onírico, nos explica:

 

“El sueño es un equilibrio. Una especie de monstruo dentro del cual el cuerpo desaparece. No queda entonces más que la cabeza, sostenida por una multitud sutil de muletas; basta con que se mueva una de ellas para que el que dormía despierte. Sólo cuando todas alcanzan un equilibrio, físicamente imposible, el Dios del sueño podrá poseeros.”

 

Y metiéndose con el tema de las imágenes que pueden tener múltiples lecturas y significados, es decir, ser polisémicas, también tiene su punto de vista:

 

“Un día, ciertas hojas de arbustos me parecieron animadas por un movimiento independiente, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que andaban. Separé una hoja y le di vuelta. ¡Era un insecto! Me pareció que acababa de develar uno de los secretos más importantes de la naturaleza. Esta revelación del mimetismo tuvo influencia en la cristalización de las imágenes paranoicas que pueblan con su presencia fantasmagórica la mayor parte de mis cuadros actuales”.

 

Otro español,  catalán como Dalí, se refería en los años cincuenta a las formas, al color y la textura que utilizaba en sus cuadros:

                                                                               

“Si las formas no son capaces de herir la sociedad que las recibe irritándolas, e inclinarla a la meditación, si no son un revulsivo, no son una obra de arte auténtica”.

 

Antoni Tàpies, sin duda daba esta explicación ante las criticas a su “arte pobre”, rico en signos, manchas, espacios vacíos y revoques plenos de textura, ante el cual algunos críticos dijeron ¡pobre arte! dentro del contexto español del franquismo.

 

Ante reflexiones como estas, no es de extrañar que otro gurú de la comunicación, Marshall McLuhan, el inventor del término “aldea global”, dijera en los sesenta que:

 

“El poeta, el pintor, el detective particular... todo aquel que aguza nuestra percepción, tiende a ser antisocial: rara vez “bien adaptado”, no puede acompañar a corrientes y tendencias. A menudo existe, entre los tipos antisociales, el extraño vínculo de su capacidad para ver los ambientes tales como son en realidad.”

 

O sea que, según McLuhan, los artistas somos una manga de locos inadaptados, pero eso sí, con una sensibilidad a flor de piel para ver el mundo tal cual es.

 

 


Pero me interesa volver sobre el concepto de interioridad y exterioridad, y a la imagen de la ventana. Teníamos ya la ventana abierta, lo que nos permitía sentir el aire, los ruidos y los sucesos del exterior, sentirnos involucrados en él. Y la tela era entonces la ventana exterior donde el artista plasmaba lo que pasaba en su mundo interior, es decir, la ventana de su mente.

 

Ahora bien, esa ventana era eminentemente visual y bidimensional. La vanguardia histórica: impresionismo, expresionismo, futurismo, cubismo, surrealismo, trabajó sobre fenómenos eminentemente visuales en los cuales –a pesar de que parecían rupturas en un primer momento- podemos establecer un hilo conductor y una cierta continuidad.

 

Todo eso se derrumbó con la llegada del Dadá y su insistencia en reconsiderar el concepto mismo del arte. Ya nada es arte en el concepto tradicional del mismo, pero a la vez, TODO ES ARTE.

 

Ubiquémonos en la segunda década del siglo veinte, junto con las Señoritas de Avignón de Picasso y las pinturas abstractas de Kandinsky, estaba naciendo una nueva estética, la de Marcel Duchamp y el arte conceptual..

 

Su “Desnudo bajando la escalera” expuesto en el Armory Show de Estados Unidos, produjo un gran escándalo. Cuentan que Teodor Roosvelt fue a verla, bajó de su limusina, se plantó delante de la pintura y dijo: “Esto no es arte”, luego se dio vuelta, salió y se fue nuevamente. Pero la piedra de Duchamp estaba lanzada y los remolinos siguen reverberando hasta ahora.

 

Siguieron su “Fuente” tres años después, un mingitorio de producción en serie, al que se dio la dimensión de artístico al ponerlo en una Galería de Arte. Nacían los “ready made” objetos ya hechos a los cuales se cambiaba de significado por una simple acción voluntarista. La fuente no era el artefacto, era el hombre que orinaba en él. ¿Qué más revulsivo y contestatario?

 

Pero lo que realmente abre toda una nueva manera de analizar el arte no es su mingitorio, ni su célebre rueda de bicicleta sobre un taburete de madera, sino una ventana, una ventana de estilo francés, con vidrios repartidos, una “French Window”. (Pocos sabemos que Duchamp tenía una hermana viviendo en la Argentina, y esta obra la produjo luego de una visita a Buenos Aires, donde para evitar que entrara el calor por las ventanas se las tapaba en ese entonces con un cuero negro.)   Pero, a pesar de que se trataba de una ventana de vidrios repartidos, por ese entonces una ventana a la francesa o French Window, la obra se llamó Fresh Widow”, es decir, Viuda Fresca. ¿Por qué? En lugar de vidrios tenía paneles de cuero negro ¿el luto? que no permitían ver a través de ellos. Se cortaba el contacto con el exterior,  la ventana era solamente eso, una ventana, un objeto, al que había que resemantizar como artístico, firmada en su basamento por una tal Rrose la vide, es decir: Eros es la vida.

 

Y al obligarnos a dejar de ver narraciones visuales en un cuadro ventana y en cambio ver un objeto fabricado en serie –una ventana- que no sirve como ventana sino como obra de arte, se produjo una de las grandes rupturas del arte contemporáneo. Ya nada fue como antes. El camino quedó abierto para que Manzoni envasara en los sesenta “merde de artist” en 160 latas firmadas, o globos que contenían aire de sus pulmones, o que Chris Burden en el  71 se encerrara cinco días en la taquilla número cinco de su Facultad de Arte, en una perfomance que llamó “Five Day Locker Piece”, o se sentara 43 horas en una silla sobre un pedestal en su obra “Sculpture in Three Parts”, o que se convirtiera en un adelantado del Land Art al cavar durante una semana entera una zanja recta y larguísima invitado por la Universidad de Vancouver en la acción que llamó “Honest Labour”.

 

Seguimos todavía peleándonos por mostrarnos unos más modernos que otros, pero señores y señoras, tengo algo que decirles, todo lo que estamos haciendo tiene que ver con vanguardias de hace casi un siglo. La internacionalización del arte, eso de copiar aquí lo que se hacía allí, ha dejado de tener sentido para dar paso, al menos en países con más identidad, a la “globalización” que contrariamente a lo que podría pensarse, no es que todos estemos haciendo lo mismo en todos lados y al unísono. Bien entendida, la globalización implica retornar a las raíces, volver a ver lo que pasa en nuestra aldea, en esa aldea interior, donde la globalización económica hizo estragos y al mismo tiempo nos obligó a mirar nuestro ombligo, para poder ser hombres de esta época y de este lugar y simultáneamente, del mundo.

 

 

 


...Y hago un breve paréntesis final para explicar lo que estoy exponiendo aquí, en la Facultad de Humanidades, estas obras que son solo una parte de la muestra presentada en el Centro Cultural Nordeste de la UNNE con el título de “La clonación de Sofía”.

 

Creo que los científicos siguen jugando a ser Dioses. Están experimentando con la clonación de seres vivos: primero una rana, después un conejo, más cercanamente una oveja: Dolly. Recientemente, ya en nuestro país, un vacuno: Pampita.

 

La lista sigue: los chinos están experimentando en la generación de órganos de reemplazo: Una persona ya no será una persona, será un estómago, un hígado, un corazón, dos ojos, todos envasados en un recipiente atérmico con un cartelito “made in China”. En USA ya anunciaron la clonación de una pareja. ¿Qué sigue después? ¿La búsqueda de la raza superior?

 

Lo que sesenta años atrás era aberrante, hoy es un adelanto científico. La ética y la moral miran para otro lado. Es entonces cuando los artistas tenemos la obligación de reflexionar en voz alta a través de nuestra obra. Porque cuando un artista expone, “se expone”. Junto con su obra pone también a consideración de los espectadores lo que está vivenciando, lo que el mundo y  los sucesos diarios han impactado en él.

 

Para clonar a la oveja Dolly  quedaron en el camino casi 300 embriones, ¿Cuántos embriones humanos serán  los descartados hasta llegar al primer bebé clonado? Los padres voluntarios de Norteamérica han declarado que donarán para investigación los fetos que no lleguen a buen término. ¿Cuántos serán? ¿Dos mil, cien, o veinte?  Aldous Huxley en 1932 anticipaba está realidad en su libro “Un mundo felíz”: Individuos fabricados a medida para realizar tareas específicas, dirigentes, profesionales u obreros, predeterminados en su capacidad ya genéticamente. Y los bebés “In vitro” producidos en plantas industriales, como única manera de tener descendencia.  Verne, Huxley, Bradbury, se han quedado cortos ante lo que los científicos silenciosamente realizan en sus laboratorios.

 

Por eso se me ocurrió iniciar esta instalación, que di en llamar “La clonación de Sofía”. Cajas con frascos de ojos “Made in China”, lentes especiales parecidos a caleidoscopios, pero pensados más bien como microscopios donde vemos el desarrollo de la clonación,  láminas explicativas y dibujos combinados con imágenes fotográficas procesadas en ordenador, que se repiten hasta la exasperación. Es con un propósito, hacer sentir al espectador que en el futuro cada persona será un duplicado, un botón que se aprieta y saldrá una fotocopia de uno mismo.

 

Espero que la charla haya servido como disparador y a la vez como desmitificador del arte, muchas gracias.

 

RICARDO NILL

Noviembre de  2002

 

 

Ricardo Nill (1947) es artista plástico, autor de teatro y arquitecto. Ha realizado más de un centenar de exposiciones individuales y colectivas en Resistencia, Corrientes, Posadas, Buenos Aires y Asunción del Paraguay. Es docente en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional del Nordeste, donde se desempeña como Secretario de Extensión y Transferencia, estando bajo su supervisión el Taller de Artes Visuales de la misma facultad.

 

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