Prólogo

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UNA HUMANIDAD FATIGADA

La Bienal de Venecia propone una visión descarnada y fascinante del mundo actual, en la obra de artistas de todas las edades y geografías

Por Jorge López Anaya  

Ron Muek ( Sin título (boy) 1999

La 49ª Bienal Internacional de Venecia, abierta al público hasta el 4 de noviembre, muestra sin atenuantes, como lo quiso Harald Szeemann, su curador, “los múltiples rostros de la humanidad”. La propuesta no es tranquilizadora, abundan las visiones crudas, aunque no faltan la poesía ni algunos alardes tecnológicos. 

Una monumental escultura, de cinco metros de altura, que representa a un muchacho en cuclillas, recibe al espectador en la Corderie. La obra de Ron Mueck (1958), un australiano que reside en Londres, donde expuso en la controvertida “Sensation”, es uno de los trabajos más notorios de la Bienal. Realizada con cuidado, el gigantesco niño, solitario, monumental e imponente, posee una expresión entre incierta y siniestra. Para Szeeman es la figura de una esfinge: “En la antigüedad –afirmó-, cuando los hombres jugaban un rol dominante, la esfinge era una figura femenina. Hoy, con la explosión de la energía y de la creatividad femeninas, la esfinge es masculina”.

 

El título general elegido por Szeemann, “Platea dell’umanitá (Platea de la humanidad), señala con pertinencia el sentido del conjunto de 110 obras, desplegado en las exposiciones del Giardino di Castello y de las enormes salas del Arsenal, el Corderie, el Artiglierie, el Isolotto, el Gaggiagrande y el Tesse delle Vergini. Sin duda, se trata de hacer de la Bienal un espejo de la humanidad actual tal como la ven, no sólo los artistas jóvenes de todas las latitudes, sino algunas de las figuras patriarcales que construyeron la vanguardia de la segunda mitad del siglo XX. Para acercarse al siglo XXI, dice el curador, hay que ser un visionario, no asumir una posición rígida, sino mirar el mundo a 360 grados, considerándolo como un todo único, global”.

 Joseph Beuys . Detalle de la instalación en la Bienal de Venecia 2001 

( Arsenale )

Claves

En la Bienal algunas obras actúan como claves para la lectura del conjunto, entre ellas, “El fin del siglo XX”, una instalación de Joseph Beuys (1921-1986), compuesta por grandes bloques de piedra volcánica dispuestos en el suelo. Su inclusión no sólo es un homenaje al artista que dio forma a la última revolución de las artes visuales del siglo XX. Se trata de recordar el utópico “Concepto ampliado de arte”, idea que el artista alemán recogió del romanticismo de su país (Schiller, Schleiermacher, Novalis y Hegel), mezclándolo con elementos del pensamiento socialista y anarquista. Beuys creía que el arte debía convertirse en un anti-arte útil para educar, curar y redimir al ser humano y a la sociedad espiritualmente enferma y perdida en el caos del mundo contemporáneo.

Es evidente que Szeemann optó por el modelo artístico de Beuys sobre el de Warhol. La elección implica dejar de lado la retórica de la simulación que practican Jeff Koons, Haim Steinbach y otros creadores que trabajan apropiándose de objetos de consumo popular. Las serigrafías de Warhol con las latas de sopa Campbell habían sido las manifestaciones iniciales de esa estética. Nada en la Bienal recuerda los juegos irónicos del post-pop, del neo-geo y del neo-kitsch. Tampoco hay lugar para el “abject art” (según la expresión de Hal Foster), característico de la obra de Cindy Sherman y otras norteamericanas neofeministas. 

 Predomina la visión de una vanguardia más “europea”, más romántica y simbólica. Por momentos la escena es sobriamente antiutópica. Abundan los temas de la solead, la angustia, la enfermedad,  el amor, el deporte, el dolor, la muerte y la alienación. En el Corderie se ven los terribles videos de Fiona Tan (Indonesia, 1966), compuestos, entre otros materiales, con filmes etnográficos de archivo que muestran dolorosas escenas de niños asiáticos. También exhiben el miedo y el horror las fotografías de Aníbal Asdrúbal López Juárez (Guatemala, 1964), que registran el impacto del poder totalitario en el imaginario guatemalteco. La indonesia Tiong Ang (1961) presenta un video, registrado en una escuela elemental de su país, en el que los escolares repiten mecánicamente la lección en voz alta una y otra vez. Zu Zhen (Shangai, 1977), uno de los más jóvenes de la muestra, expone un video espeluznante en el que durante cuatro minutos se ve y se oye dar latigazos a una espalda desnuda, en la que no se reconoce sexo ni raza.

Videos y fotografías

La recurrente visión de una humanidad gozosa o doliente, no significa, de manera alguna, un abandono de la contemporaneidad de los lenguajes. Abundan en la Bienal las obras concebidas y realizadas con las últimas tecnologías de la imagen. El video ocupa un lugar de privilegio. Entre ellos se destaca, “Wall piece”, de Gary Hill  (Estados Unidos, 1951), que muestra a un hombre que se golpea repetidamente contra la pared con gran esfuerzo físico. También es notorio el video de Chris Cunningham (Gran Bretaña, 1970), pleno de perversidad, violencia y erotismo. Es una terrible metáfora del amor-odio. El video del alemán Ingeborg Lüscher (1936), con el título “Fusión”, muestra durante 6 minutos a un grupo de hombres elegantemente vestidos con trajes, camisas y corbatas de Trussardi, que se lanzan, con desenfreno, pasión y sensualidad, a jugar un partido de fútbol. Todo se transforma, finalmente, en una manifestación vital, gozosa y liberadora. 

La videoinstalación de Georgina Starr (1962), una de las “niñas terribles” del joven arte británico, posee una fuerte atmósfera de trágica alucinación. En las escenas de “The Bunny Lake Collection”, que recuerda el cine policial de los sesenta, las modelos pasan las ropas por la pasarela, ajenas a lo que sucede en las calles. En ellas, un grupo de siniestras niñas vestidas de blanco corre velozmente con armas en las manos. Finalmente, luego de un largo suspenso, las modelos son aniquiladas a tiros, cayendo caóticamente sobre la pasarela con las ropas ensangrentadas.       

( Luis González Palma ) Muestra Bienal de Venecia 2001

La fotografía también permite a los artistas fijar su visión de la humanidad contemporánea como crónica, teñida de subjetivismo, con ironía, convertida en denuncia o crítica. Entre las más notables fotografías de crónica, las de Cristina García Rodero (España, 1949) registran los ritos vudú en Haití y las de Luis González Palma (Guatemala, 1957) muestran el dolor y la dignidad de los indios maya frente a la exclusión. En la misma vía, Viktor Maruscenko (Rusia, 1946) documenta la catástrofe de Chernobil. Richard Billingham, (Gran Bretaña, 1970) registra la vida de un día con su familia, en el mísero  departamento asignado por el Estado en la periferia de Birmingham  Tatsumi Orimoto (Japón, 1946) muestra en sus fotografías las estrategias que ensaya para retardar los efectos del mal de Alzheimer que padece su madre.

Al final del largo camino que se inicia con el gigantesco y perverso niño de Mueck, en el Giardino delle Vergini, una figura no menos monumental termina el recorrido: la espiral absolutamente geométrica y compleja del norteamericano Richard Serra (1939). Es un laberinto de acero que el espectador debe recorrer para percibir la inclinación de las paredes, de 4 metros de altura, que cambia en el curso de la ruta.    

En el mismo edificio, la instalación de Ilya y Emilia Kabakov (Ucrania, 1933 y 1945), obliga al visitante a ascender a una plataforma. Desde allí se ve el simulacro de una estación de ferrocarril con un tren que ya partió. Un texto, en varios idiomas, dirigido al nuevo artista, al nuevo coleccionista, al nuevo curador y al nuevo crítico, afirma que “algunos no estarán en el futuro”. 

El extenso recorrido de la “Platea de la humanidad” posee un ritmo dramático, fluido y fascinante, lo que no suele ser habitual cuando se atraviesan más de un centenar de videos, instalaciones, esculturas, pinturas y fotografías cuyos autores proceden de todas las geografías del mundo. Sin duda, el proyecto curatorial de Harald Szeemann (Berna, Suiza, 1933) es uno de los mejores de los últimos años, su hipótesis  definida y su desarrollo coherente aseguraron el éxito.

Otro sector de la Bienal está integrado por las 120 obras de los 66 envíos nacionales, exhibidos en los pabellones del Giardini di Castello, y en las muestras que se extienden por diversas zonas de la ciudad. Aunque Szeeman intentó convertir toda la Bienal en una Platea de la humanidad, tal como la planteaba teóricamente, la respuesta mayoritaria de los curadores nacionales no fue positiva. En esta sección, que es la menos interesante, sobresalen los pabellones de Estados Unidos (Robert Gober), , Alemania (Gregor Schneider), Corea (Michael Joo y Do-Ho Suh), Francia (Pierre Huyghe), Gran Bretaña (Mark Wallinger), España (Ana Laura Aláez y Javier Pérez). 

Jorge López Anaya

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